
25 de junio del 2001, Abasto, Buenos Aires.
Hoy empiezo un diario que, seguro, no seguiré. Y usaré todo lo que me resisto a usar: el futuro indefinido, tan novelesco, tan de traducción. Por ejemplo. Entonces éste es mi manifiesto y ya empieza por no ser diario.
Me poder gustaría decir:
“¡Lluvia de abril, enciéndeme en los párpados entreabiertos, como un millón de blancos besos de jovencita” (aquí agregaría: de jovencitos, de niños o bebés, de máquinas de beso virtual, ¡que me acunen como reina!)
“Con voluptuosidad, como lo hacen las delirantes ranas...
Mis labios te beben con mayor avidez que las hojas nuevas un tanto sorprendidas”
Pero no puedo.
Está gris, no llueve. Es el polo sur, austral, argentino, lleno de iglúes deformes. El frío es un bloque transparente, hace los cubitos en los que camino cuando no escribo. Imposible llamarse Scipio Slataper y no congelarse si lloviera...
Eso, quizás, sería voluptuoso: suspenderse en el aire, barra helada, campo blanco, deshojar la ropa infinita y dormir calmo, desierto despojo, para siempre.
Diario de la Transformación, km, 2003.
Foto: Brillos, Pinamar, km, 2006.